viernes, 11 de septiembre de 2020

NO HACER ACUERDOS CON INMORALES


Viendo una película llamada DARKEST HOUR, que transcurre en los días en que fue nombrado primer ministro británico, Winston Churchill, donde tuvo que luchar contra una gran parte del parlamento, que querían hacer un acuerdo de paz con Adolfo Hitler ante el avance arrollador del ejército alemán y de esa manera preservar las vidas de los soldados y ciudadanos ingleses; convencer al parlamento y a los generales militares de seguir luchando hasta las últimas consecuencias y no rendirse 
ante la terrible embestida de Hitler, muestra la tenacidad  de un hombre que con todos sus defectos, vio que rendirse además de  perder la libertad, perderían la dignidad, Winston Churchill, quizás sin saberlo logro detener a un psicópata que hasta ese momento parecía imparable; de todos modos el mundo sigue andando y nuevos déspotas van surgiendo día a día y seguirán surgiendo mientras haya una gran mayoría de gregarios que tenga la gran necesidad y satisfacción de seguir  (líderes) que les ordenen como vivir, que hacer y que pensar, llámese Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, Juan Domingo Perón, Fidel Castro, Hugo Chávez o Nicolás Maduro.


  
Sin entrar a considerar la política inglesa en el mundo y después de ver la película hice un paralelismo de la actitud irrevocable de Winston Churchill de luchar hasta las últimas consecuencias, cuando alguien o algo trate de cercenar nuestras libertades y con la actualidad en la argentina, que los que dicen que gobiernan y aprovechando de una pandemia, pretenden cambiar las leyes para lograr impunidad y para llegar a su objetivo, amenazan, asustan, encierran, empobrecen a todos los ciudadanos, para que vivamos, pensemos y actuemos como ellos quieren.   

Podríamos seguir el ejemplo y la actitud irrevocable de Winston Churchill de enfrentar a los que quieren cercenar nuestras libertades, o bajar nuestros brazos y dejar que algunos senadores y diputados, en concomitancia con regímenes 
totalitarios como, el comunismo y sus socios indisolubles los narcoterroristas puedan cambiar las leyes a su antojo y que nos dejemos convertir en: feudatarios, vasallos y servidumbre de Cristina Kirchner, Axel Kicillof o Alberto Fernández.

      Alfredo Rebizzo Hernando DNI 4186601

 NOTA: NO DEBEMOS HACER ACUERDOS CON INMORALES.

“Si para lograr "algo" que no podemos hacerlo por nosotros mismos no debemos hacer acuerdos con inmorales para poder lograrlo, porque seremos esclavos por siempre de esos inmorales"

       Epicteto 


                                   LOS INVITO A LEER:

                         ORADORES ANTIDEMOCRÁTICOS



miércoles, 29 de abril de 2020

DOS APÓLOGOS DE LEOPOLDO MARECHAL....

DOS APOLOGOS ESCRITOS POR LEOPOLDO MARECHAL DEL LIBRO "CUADERNO DE NAVEGACIÓN "
El ministro X bajo cuya inestable dirección trabajé algún tiempo en el curso de mi aguerrida existencia, oponiéndose una vez a mis opiniones, que consideraba él demasiado filosóficas, me dijo:
-Señor, “primero vivir y luego filosofar”
-¿Está seguro? – le pregunté, mirándolo a los ojos.
-Tan seguro – me respondió él – como que está escrito en lengua latina: Primun vivere, deiende philosophari.
Tras admirarlo en su candidez extrema, le pregunte:
-¿A Su Excelencia le gustan los apólogos chinos?
Ciertamente, dado su natural pedagógico, a Su Excelencia lo extasiaban los apólogos, chinos o no. Visto lo cual referí lo siguiente:
El maestro Chuang tenia un discípulo llamado Tseyu el cual, sin abandonar sus estudios filosóficos, trabajaba como tenedor de libros en una manufactura de porcelanas.
Una vez Tseyu le dijo a Chuang:
-Maestro, has de saber que mi patrón acaba de reprocharme, no sin acritud, las horas que pierdo, según él, en abstracciones filosóficas. Y me ha dicho una sentencia que ha turbado mi entendimiento.
-¿Qué sentencia? – le pregunto Chuang.
-Que primero es vivir y luego filosofar – contestó Tseyu con aire devoto – ¿Qué te parece, maestro?
Sin decir una sola palabra, el maestro Chuang le dio a Tseyu en la mejilla derecha un bofetón enérgico y a la vez desapasionado; tras de lo cual tomó una regadera y se fue a regar un duraznero suyo que a la sazón estaba lleno de flores primaverales.
El discípulo Tseyu, lejos de resentirse, entendió que aquella bofetada tenia un picante valor didáctico. Por lo cual, en los días que siguieron, se dedico a recabar otras opiniones acerca del aforismo que tanto lo preocupaba. Resolvió entonces prescindir de los comerciantes y manufactureros (gentes de pragmatismo tan visible como sospechoso), y acudió a los funcionarios de la Administración Pública, hombres vestidos de prudencia y calzados de sensatez. Y todos ellos, desde el Primer Secretario hasta los oficiales de tercera, convenían en sostener que primero era vivir y luego filosofar. Ya bastante seguro, Tseyu volvió a Chuang y le dijo:
-Maestro, durante un mes he consultado nuestro asunto con hombres de gran experiencia. Y todos están de acuerdo con el aforismo de mi patrón. ¿Qué me dices ahora?
Meditativo y justo, Chuang le dio una bofetada en la mejilla izquierda; y se fue a estudiar su duraznero, que ya tenia hojas verdes y frutas en agraz.
Entonces el abofeteado Tseyu entendió que la Administración Pública era un batracio muy engañoso. Advertido lo cual resolvió levantar la puntería de sus consultas y apelar a la ciencia de los magistrados judiciales, de los médicos psiquiatras, de los astrofísicos, de los generales en actividad y de los más ostentosos representantes de la Curia. Y afirmaron todos, bajo palabra de honor, que primero había que vivir y luego filosofar, si quedaba tiempo. Con muchísimo ánimo, Tseyu visito a Chuang y le habló así:
-Maestro, acabo de agotar la jerarquía de los intelectos humanos; y todos juran que la sentencia de mi patrón es tan exacta como útil. ¿Qué debo hacer?.
Dulce y meticuloso, Chuang hizo girar a su discípulo de tal modo que le presentase la región dorsal. Y luego, con geométrica actitud, le ubico un puntapié didascálico entre las dos nalgas. Hecho lo cual, y acercándose al duraznero, se puso a librar sus frutas de las hojas excesivas que no dejaban pasar los rayos del sol. Tseyu, que había caído de bruces pensó, con el rostro en la hierba, que aquel puntapié matemático no era otra cosa, en el fondo, que un llamado a la razón pura. Se incorporó entonces, dedicó a Chuang una reverencia y se alejó con el pensamiento fijo en la tarea que debía cumplir.
En realidad a Tseyu no le faltaba tiempo: su jefe lo había despedido tres días antes por negligencias reiteradas, y Tseyu conocía por fin el verdadero gusto de la libertad. Como un atleta del raciocinio ayunó tres días y tres noches; limpió cuidadosamente su tubo intestinal; y no bien rayó el alba, se dirigió a las afueras, con los pies calientes y el occipital fresco, tal como lo requiere la preceptiva de la meditación.
Tseyu estableció su cuartel general en la cabaña de un eremita ya difunto que se había distinguido por su conocimiento del Tao: frente a la cabaña, en una plazuela natural que bordeaban perales y ciruelos, Tseyu trazó un circulo de ocho varas de diámetro y se ubicó en el centro, bien sentado a la chinesca. Defendido ya de las posibles irrupciones terrestres, no dejó de temer, en este punto, las interferencias del orden psíquico, tan hostiles a una verdadera concentración. Por lo cual en la órbita de su pensamiento, dibujó también un círculo riguroso dentro del cual sólo cabía la sentencia: “Primero vivir, luego filosofar”.
Una semana permaneció Tseyu encerrado en su doble círculo. Al promediar el último día, se incorporó al fin: hizo diez flexiones de tronco para desentumecerse y diez flexiones de cerebro para desconcentrarse. Tranquilo bajo un mediodía que lo arponeaba de sol, Tseyu se dirigió a la casa de Chuang, y tras una reverencia le dijo:
-Maestro, he reflexionado.
-¿En qué has reflexionado?- le pregunto Chuang.
-En aquella sentencia de mi ex-patrón. Estaba yo en el centro del círculo y me pregunté: “¿Desde su comienzo hasta su fin no es la vida humana un accionar constante?” Y me respondí: “En efecto, la vida es un accionar constante”. Me pregunté de nuevo: “¿Todo accionar del hombre no debe responder a un Fin inteligente, necesario y bueno?” Y me respondí a mí mismo: “Tseyu, dices muy bien” Y volví a preguntarme “¿Cuándo se ha de meditar ese Fin, antes o después de la acción?” Y mi respuesta fue: “ANTES de la acción; porque una acción libre de toda ley inteligente que la preceda va sin gobierno y solo cuaja en estupidez o locura”. Maestro, en este punto de mi teorema me dije yo: “Entonces, primero filosofar y luego vivir.”
Tseyu no aventuró otro sonido. Antes bien, con los ojos en el suelo, aguardó la respuesta de Chuang, ignorando aun si tomaría la forma de un puntapié o de una bofetada. Pero Chuang, cuyo rostro de yeso nada traducía, se dirigió a su duraznero; arrancó el durazno más hermoso y lo depositó en la mano temblante de su discípulo.Tal es el apólogo que le referí al Ministro X.
-No lo conocía – me dijo – ¿En que selección china figura esa historia?
-En ninguna – le respondí -: acabo de inventarla.
El Ministro X me hizo llegar sus felicitaciones;
y ordenó, bajo cuerda, mi primer “descenso” en el escalafón administrativo.
OTRO APÓLOGO DE MARECHAL.
-Maestro, has de saber que mi patrón acaba de reprocharme, no sin acritud, las horas que pierdo, según él, en abstracciones filosóficas. Y me ha dicho una sentencia que ha turbado mi entendimiento.
-¿Qué sentencia?-le preguntó Chuang.
-Que “primero es vivir y luego filosofar”-contestó Tseyü con aire devoto-.
-¿Qué te parece, maestro?
Sin decir una sola palabra, el maestro Chuang le dio a Tseyü en la mejilla derecha un bofetón enérgico y a la vez desapasionado; tras lo cual tomó una regadera y se fue a regar un duraznero suyo que a la sazón estaba lleno de flores primaverales.
El discípulo Tseyü, lejos de resentirse, entendió que aquella bofetada tenía un picante valor didáctico. Por lo cual, en los días que siguieron, se dedicó a recabar otras opiniones acerca del aforismo que tanto le preocupaba. Resolvió entonces prescindir de los comerciantes y manufactureros (gentes de un pragmatismo tan visible como sospechoso), y acudió a los funcionarios de la Administración Pública, hombre vestidos de prudencia y calzados de sensatez. Y todos ellos, desde el Primer Secretario hasta los oficiales de tercera, convenían en sostener que primero era vivir y luego filosofar. Ya bastante seguro, Tseyü volvió a Chuang y le dijo:
-Maestro, durante un mes he consultado nuestro asunto con hombres de gran experiencia. Y todos están de acuerdo con el aforismo de mi patrón. ¿Qué me dices ahora?
Meditativo y justo, Chuang le dio una bofetada en la mejilla izquierda; y se fue a estudiar su duraznero, que ya tenía hojas verdes y frutas en agraz.
Entonces el abofeteado Tseyü entendió que la Administración Pública era un batracio muy engañoso. Advertido lo cual resolvió levantar la puntería de sus consultas y apelar a la ciencia de los magistrados judiciales, de los médicos psiquiatras, de los astrofísicos, de los generales en actividad y de los más ostentosos representantes de la Curia. Y afirmaron todos, bajo palabra de honor, que primero había que vivir, y luego filosofar, si quedaba tiempo. Con mucho ánimo, Tseyü visitó a Chuang y le habló así:
-Maestro, acabo de agotar la jerarquía de los intelectos humanos; y todos juran que la sentencia de mi patrón es tan exacta como útil. ¿Qué debo hacer?
Dulce y meticuloso, Chuang hizo girar a su discípulo de tal modo que le presentase la región dorsal. Y luego, con geométrica exactitud, le ubicó un puntapié didascálico entre las dos nalgas. Hecho lo cual, y acercándose al duraznero, se puso a librar sus frutas de las hojas excesivas que no dejaban pasar los rayos del sol. Tseyü, que había caído de bruces, pensó, con el rostro en la hierba, que aquel puntapié matemático no era otra cosa, en el fondo, que un llamado a la razón pura. Se incorporó entonces, dedicó a Chuang una reverencia y se alejó con el pensamiento fijo en la tarea que debía cumplir.
En realidad a Tseyü no le faltaba tiempo: su jefe lo había despedido tres días antes por negligencias reiteradas, y Tseyü conocía por fin el verdadero gusto de la libertad. Como un atleta del raciocinio, ayunó tres días y tres noches; limpió cuidadosamente su tubo intestinal; y no bien rayó el alba, se dirigió a las afueras, con los pies calientes y el occipital fresco, tal como lo requiere la preceptiva de la meditación.
Tseyü estableció su cuartel general en la cabaña de un eremita ya difunto que se había distinguido por su conocimiento del Tao: frente a la cabaña, en una plazuela natural que bordeaban perales y ciruelos, Tseyü trazó un círculo de ocho varas de diámetro y se ubicó en el centro, bien sentado a la chinesca. Defendido ya de las posibles irrupciones terrestres, no dejó de temer, en este punto, las interferencias del orden psíquico, tan hostiles a una verdadera concentración. Por lo cual, en la órbita de su pensamiento, dibujó también un círculo riguroso dentro del cual sólo cabía la sentencia: “Primero vivir, luego filosofar”.
Una semana permaneció Tseyü encerrado en su doble círculo. Al promediar el último día, se incorporó al fin: hizo diez flexiones de tronco para desentumecerse y diez flexiones de cerebro para desconcentrarse. Tranquilo, bajo un mediodía que lo arponeaba de sol, Tseyü se dirigió a la casa de Chuang, y tras una reverencia le dijo:
-Maestro, he reflexionado.
-¿En qué has reflexionado?-le preguntó Chuang.
-En aquella sentencia de mi ex patrón. Estaba yo en el centro del círculo y me pregunté: “¿Desde su comienzo hasta su fin no es la vida humana un accionar constante?” Y me respondí: “En efecto, la vida es un accionar constante”. Me pregunté de nuevo: “Todo accionar del hombre no debe responder a un Fin inteligente, necesario y bueno?” Y me respondí a mí mismo: “Tseyü, dices muy bien”. Y volví a preguntarme: “¿Cuándo se ha de meditar ese Fin, antes o después de la acción?” Y mi respuesta fue; “antes de la acción; porque una acción libre de toda ley inteligente que la preceda va sin gobierno y sólo cuaja en estupidez o locura”. Maestro, en este punto de mi teorema me dije yo: “Entonces, primero filosofar y luego vivir”.
Tseyü no aventuró ningún otro sonido. Antes bien, con los ojos en el suelo, aguardó la respuesta de Chuang, ignorando aún si tomaría la forma de un puntapié o de una bofetada. Pero Chuang, cuyo rostro de yeso nada traducía, se dirigió a su duraznero, arrancó el durazno más hermoso y lo depositó en la mano temblante de su discípulo.
LEOPOLDO MARECHAL.

 SEGUNDO APÓLOGO

Cierta mañana, desde su trono burocrático y no recuerdo a raíz de que distribución oficialesca, el Ministro sentenció a locas:
-El orden de los factores no altera el producto.
-No estoy de acuerdo -le dije yo, lanzándome a la liza.
-¿No está de acuerdo en qué? -tronó el Ministro.
-En que el orden de los factores no altera un producto.
Los Directores Generales no abandonaron su abstracción; pero en sus ojos abisales yo vi el relámpago de una delicia naciente.
-¿Altera o no el producto? -me interrogó el Ministro, adoptando el aire frugal de la aritmética.
-Según y conforme -le dije yo-, ¿Puedo contar un apólogo chino?
La estructura ministerial de mi contendiente retembló, como si yo acabase de amenazarlo con un arma secreta. Sus ojos buscaron auxilio en el frente alerta de los Directores Generales, pero sólo encontraron una muralla de silencio cómplice. También inútilmente Su Excelencia consultó los retratos de Sarmiento y Almafuerte que, sobre su escritorio, parecían mirarse “con bronca”. Observando lo cual el Ministro, sin esconder su fracaso, me concedió la palabra sólo a los efectos de un apólogo chino.
-Señor Ministro -comencé yo-, señores Directores Generales: el emperador Yao discutía cierta vez un asunto administrativo con el Tercer Subsecretario del Segundo Secretario de su Primer Ministro. A la discusión asistía, con voz pero sin voto, el maestro Chuang, quien abandonando su ermita ubicada en el monte Lou, había descendido a la corte para ilustrar al emperador sobre la influencia del Tao en el cultivo prudente de las azucenas. En cierto instante de la discusión, cuando el tercer Subsecretario se mostraba dispuesto a no ceder en sus argumentaciones que consideraba graníticas, el emperador Yao le dijo:
-¿Y qué me importan a mí tus argumentos de academia? El orden de los factores no altera el producto.
-¿Quién te lo dijo? -le preguntó el maestro Chuang, abandonando un silencio que lo vestía de pies a cabeza.
El emperador Yao le respondió:
-Me lo dijo la Aritmética, que sólo se equivoca en los libros de los usureros y prestamistas.
-Bien -admitió Chuang -. ¿Quieres que demostremos ahora ese principio aritmético?
-La verdad es la verdad, y siempre debe ser aplicada -sentenció el emperador, asintiendo con la propuesta del filósofo.
El maestro Chuang dio media vuelta y se dirigió a la salida.
-Maestro, ¿a dónde vas? -le preguntó Yao.
-A la cocina del palacio -le respondió el maestro.
-¿Y qué tienes que hacer tú en la cocina?
-Voy a buscar a uno de los “factores”.
Por numerosas escaleras bajó el maestro Chuang hasta la cocina del palacio: allá, entre marmitas y sartenes, el cocinero Li practicaba su oficio bonancible.
-Cocinero, vengo a buscarte -le dijo Chuang.
-Maestro, ¿para qué? -inquirió Li, temblando como una hoja por el honor que recibía.
-Para demostrar un postulado aritmético -le explicó Chuang-. Sube conmigo a la sala del emperador.
Sin abandonar el cucharón, insignia de su arte, el cocinero Li siguió al maestro Chuang hasta la gran sala de audiencias; y allí, con sus ojos nublados de humos y cebollas, vio por primera vez a su majestad sentado en un trono de marfil impecable.
-¿Qué hace aquí este hombre? -preguntó Yao, cejijunto, apuntando con su índice al cocinero tembloroso.
-Señor -le dijo Chuang-, es tu cocinero Li, dispuesto a colaborar en la demostración del postulado aritmético. ¿Lo demostramos o no?
El emperador Yao, que siempre fue un goloso de la ciencia, ordenó entonces que fuesen llamados el Primer  Cronista y el Primer Amanuense del reino, a fin de que asistieran a la demostración de Chuang y la registraran en los frondosos archivos de la corona. Y una vez que todos estuvieron presentes, el maestro Chuang, dirigiéndose al emperador, le dijo así:
-Majestad Altísima, mi propósito es demostrar si el orden de los factores altera o no el producto. ¿Lo altera o no?
-¡No lo altera! -sostuvo el emperador irreductible.
-Entonces -dijo Chuang-, apliquemos esa doctrina. Vuestra Majestad es un “factor”del reino. ¿Sí o no?
-¡Mandaría decapitar al que lo dudase! -tronó Yao.
-Pero -dijo Chuang- el cocinero Li también es un “factor”del reino. ¿Quién lo niega?
-Nadie -respondió Yao-: el cocinero es un “factor”, no hay duda.
Entonces el maestro Chuang dirigiéndose a toda la asamblea, dijo:
-Señores magistrados, el reino es un “producto” resultante de sus “factores”. Ahora bien, el emperador Yao y el cocinero Li son dos “factores”de tal producto. Si tal producto no altera con el orden de sus factores, yo propongo que el cocinero Li tome ahora el cetro y la corona de Yao, y suba inmediatamente al trono; y que el emperador Yao tome a su vez el cucharón de Li y baje inmediatamente a la cocina.
Un gran silencio, hijo del estupor y la duda, reinó en la sala de las audiencias. El emperador Yao, que había caído en la más honda de las abstracciones, volvió de su éxtasis y le dijo a Chuang:
-¡Maestro, gracias! me has enseñado que, por culpa de un lugar común, podrían demolerse las bases de mi reino.
Luego sacudió al Primer Amanuense que se había dormido al calor de la lógica y le dictó el siguiente decreto:
“Visto que el lugar de los lugares comunes puede alterar la noble jerarquía del Reino, el emperador Yao, en salvaguardia de la salud pública,
DECRETA:
1ro. Se prohibe terminantemente la emisión inconsulta de lugares comunes, en tierra, mar y aire, a pie o a caballo.
2do. Publíquese y archívese.”
Luego el emperador, en señal de acatamiento, se inclinó ante Chuang el filósofo, tal como debe hacerlo el Poder cuando se enfrenta con la sabiduría. En cuanto al cocinero Li (que, como es justo, no había entendido absolutamente nada), le regaló un cucharón de oro que llevaba grabado el siguiente aforismo del Tao Teb Ching: “Lo que permanece quieto es fácil de sostener”.

                    Leopoldo Marechal


miércoles, 22 de abril de 2020

La historia de una fortuna en alhajas.



Les voy a contar una historia de cómo fui el dueño de una fortuna en joyas:
De muchacho trabajaba en un almacén
del barrio de La Recoleta cuando no existían los supermercados como hoy, me dedicaba a tomar pedidos en la zona donde estaban las casas de los ricos que quedaba para el lado de la Av. Alcorta, como el almacén no tenía teléfono, cuando entregaba el pedido me hacían el otro o pasaba previamente en una bicicleta a retirar las listas, que luego preparaba en el almacén y llevaba en un triciclo de reparto para entregarlos y cobrarlos, la mayoría de los días volvía contento con algunas propinas que le daban al joven emigrante español y sobrino de los dueños del almacén, del trato que me daban mis tíos no voy a hablar. porque si alguna vez me maltrataron no era por ser malos, se habían embrutecido en la guerra civil allá en España, cuando fueron derrotados los fusilamientos estaban a la orden del día, pero pudieron huir hacia  Cuba primero y después a la Argentina, suerte que no tuvieron mis pobres padres; volviendo al relato entre mis clientes y dije “mis” porque realmente eran míos los había conseguido por mi honestidad que fue la única herencia que recibí de mis padres en el poco tiempo que los pude disfrutar, pero antes que me ponga nostálgico les contare como logre una gran fortuna en alhajas que provinieron de mi mejor clienta, que fue la que más me apreciaba, digo “me arreciaba” porque ya hace muchas décadas que murió, y si de mí dependiera que hubiera podido vivir feliz aunque sea unos pocos años más le devolvería gustoso todas sus alhajas que me legó y volvería alegremente a trabajar con
la bicicleta y el triciclo de reparto en el almacén de mis tíos en el barrio de La Recoleta, llevando pedidos a “mis” clientes.

Día por medio llegaba a su casa que era un Petid Hotel, primero me recibía su chofer que se llamaba Ramón me llevaba a la cocina donde por lo general estaba su esposa que hacía de mucama y cocinera controlaba el pedido, y siempre en el fondo de la canasta    llevaba algún libro que retiraba o devolvía por orden de la señora en la Biblioteca Nacional que quedaba en la calle Agüero, luego me llevaba frente a su patrona para que me pagara, por lo general estaba leyendo o escribiendo, era una mujer hermosa a pesar de su avanzada edad, y su bondad le brotaba por los poros como comúnmente se dice, antes de hacerme sentar afectuosamente me preguntaba si podía quedarme un poco para que confeccionáramos las listas y pagarme, como yo sabía que mi visita duraban por lo menos media hora, adelantaba las entregas para poderme quedar a charlar, luego me daba por lo general dos listas una para el almacén y otra para devolver algunos libros o para que le trajera otros de la biblioteca, jamás me dio propina, no porque fuera tacaña, sino porque creo, pensaría que si yo le hacia algún mandado lo hacía porque la estimaba y a su vez me demostraba su estima regalándome algún libro, que a medida que lo leía me hacía alguna observación para que lo entendiera mejor, siempre sospeche aunque yo jamás lo comenté, ni ella me lo preguntó que mi familia había pertenecido a la lucha de guerrilla contra la dictadura, pienso que intuía que había traído de la guerra civil toda las desdichas que deja cualquier guerra, su trato realmente me cambio la vida y empecé a pensar que además de tiranos había en la tierra distinto seres humanos con los que valía la pena compartir una amistad, los domingos que era mi día de descanso me invitaba a que la acompañara a hacer en el coche que manejaba Pedro, una recorrida de solidaridad, primero a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar donde después de la misa, interactuaba por lo menos una hora con las monjas para organizar sus donaciones y se preocuparse por la salud de todos los huérfanos que besaba y conocía a todos por sus nombres, que recibían de sus manos siempre algún regalo luego, Pedro nos llevaba al Cementerio donde tenía en la misma bóveda a su único hijo, a su esposo y algunos familiares de los que me contaba como habían sido sus vidas, luego me llevaba a almorzar al Hotel Plaza Torcuato de Alvear, donde entraba con un joven humildemente vestido y del que jamás se avergonzó y que presentaba a sus amistades como un joven amigo, luego antes de regresar a su casa hacia pasar a Ramón por el almacén donde me despedía con un beso, que yo siempre creí se lo daba a su hijo que había muerto tan joven.

Antes de emprender un viajar por Europa me pregunto si quería mandar una misiva o algo a algún pariente, porque pasaría por Toledo, sabiendo que era oriundo de ahí por algún comentario que yo le había hecho, le revelé que Toledo era para mí una caja vacía y que no me quedaba familiares vivos en toda España, que ni siquiera sabía dónde descansaban los restos de mis padres.

Cuando volvió de Europa pase por su casa me recibió Pedro muy sorprendido de verme y le conté que iba a llevarle a la señora, unos libros que había encargado en una librería antes de su partida y que habíamos quedado que se los llevara a su regreso, esa fue la última vez que la vi “viva”

Cuando entré en la sala acompañado por Pedro con mi canasta con los libros vi la señora Gloria que así se llamaba la mujer de Pedro limpiando en un rincón y Pedro se quedó arreglando una ventana, noté a la señora muy preocupada y cuando Pedro llamó a su esposa para que lo ayudara a bajar un postigo, rápidamente me puso en la canasta una caja tapándola con cuarto libros y me susurró que no vieran que me llevaba la caja sus sirvientes, que si ella no me la pedía me la podía quedar como si fuera un regalo, por primera vez me despidió rápidamente y me dijo que volviera al otro día, salí ocultando la caja y la guarde en mi habitación, cuando volví al otro día, Pedro me comunico que la patrona se había ausentado nuevamente para Europa, pero que pasara que me iba a hacer un pedido y que entrara también la bicicleta, todo me pareció muy extraño y mi dudas se confirmaron  cuando apenas entre y vi el gran desorden que reinaba en la casa todo tirado por el suelo y ya con la puerta cerrada a mis espaldas me di cuenta que mi vida estaba en peligro, con un empujón me forzó a entrar en la sala y me asió fuertemente  de cuello vi la sala también dada vuelta de arriba abajo y en un costado ensangrentada mi mejor clienta, evidentemente muerta, la primera pregunta que me hizo, desaforadamente Gloria fue donde escondiste las joyas de “la vieja” al escuchar la forma despectiva que dijo “la vieja” supe que con esas palabras había sellado mis labios y que la caja que me había dado en custodia mi mejor amiga jamás estaría en las manos de esos dos enloquecidos así me mataran, esas joyas que para mí no valían nadan, había sido el motivo que los llevo a matarla, los animales solo matan para poder comer, cuando los acorralan, los quieren matar o privar de su libertad, solo algunos seres humanos matan por codicia y ante esas dos alimañas me tuve que enfrentar.

 “Otro día les contare como salí vivo de España y del Pedid Hotel, de mi mejor clienta”


¡AAA!   ¡Me olvidaba! de decirles, que además de dejarme como herencia la honestidad mis padres, me habían dado un cuchillo de acero TOLEDANO con su empuñadura de asta de siervo que mi padre fabricó para mí y me lo dio para que me pudiera defender cuando me llevaron a la guerrilla porque ya no les quedaba familiares vivos donde dejarme y con mis once años recién cumplidos fui muy diestro en el manejo de ese cuchillo y cuando a mis padres los fusilaron, gracias al  cuchillo pude salir vivo de España y me lo lleve como herencia junto con la honestidad y que siempre lo llevé encima, para desdicha de los esbirros del caudillo llamado “General franco” y de Gloria y Ramón que al lado de los secuaces del General Franco solo fueron para mí, como dos tiernas palomitas que yo casaba para poder comer algo en los bosque, y que probaron como Gloria y Ramón el filo del mejor acero TOLEDANO que mi padre forjó y que me dejó de herencia para que me pudiera defender cuando me quisieran quitar la vida o la libertad.
                                      Fin

                          Alfredo Rebizzo Hernando

             5 de mayo de 2014, Escobar provincia de Bs.As.




Nota publicada en el diario La Nación. 


En un Petid Hotel del barrio de La Recoleta la policía alertada por los vecinos que no veían ningún movimiento en la casa desde hacía varias semanas, al entrar encontraron la casa en total desorden evidentemente se habían llevado joyas y objetos de gran valor, encontrando en la sala principal tres cadáveres, la dueña de casa muerta a raíz de brutales torturas y sus dos sirvientes un matrimonio joven degollados, hasta el momento no hay ninguna pista de los que cometieron semejante acto de vandalismo.